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lunes, 21 de mayo de 2007

6 palabras


Una tarde Hemingway estaba echando unas cañas con los amiguetes en algún bareto de la Plaza Mayor y se apostó que podía escribir una historia completa en sólo 6 palabras. El resultado fue:
For sale: baby shoes, never used.
(Vendo zapatos de bebé, sin usar.) -traducción de Eduardo Berti
Se quedó tan satisfecho que en alguna ocasión la calificó como su mejor historia.

Otros autores le siguieron el juego (estos no me atrevo a traducirlos):
Irvine Welsh: "Eyeballed me, killed him. Slight exaggeration."
Norman Mailer: "Satan--Jehovah--fifteen rounds. A draw."
Robert Olen Butler: "Saigon hotel. Decades later. He weeps."
Tobias Wolff: "She gave. He took. He forgot."
David Lodge: "I saw. I conquered. Couldn't come."
Augusten Burroughs: "Oh, that? It's nothing. Not contagious."
El meme corrió como la pólvora cuando la revista Wired desafió a treinta escritores actuales a escribir historias de esa longitud. Hubo resultados tan geniales como estos:
Steven Meretzky: "Muy confundido, leyó su propio obituario" (He read his obituary with confusion);
Bruce Sterling: "Era muy caro seguir siendo humano" (It cost too much staying human)


Hay incluso grupos como este de flickr que se dedican a complementar las historias con fotos.

Como juego, suena bien. Lanzado queda el guante. Aquí van mis frustrantes intentos:
- Me miró a los ojos. Disparé.
- Doce uno, trece UNO, CATORCE... mierda.*
- Mañana subiré a las torres gemelas.
- El espejo estaba roto cuando llegué.
- Sólo barro y sangre mi general.

*drama quinielístico.

martes, 10 de abril de 2007

Amanecer

La luna empañaba el horizonte y se batía en duelo con unos incipientes rayos de sol. Borrachos de alcohol despedíamos la noche chapoteando en el mar.
Los tres habíamos dejado la ropa en la orilla, cerca de la gran roca que bordean las dunas.
La música ya hacía rato que había dejado de eschucharse y en la distancia apenas se oían los primeros pájaros de la mañana. Pedro estaba eufórico. Salía y se hundía en el agua sin parar. Los efectos del último éxtasis lo habían transformado radicalmente.
Javier, por el contrario, se sentía abatido, hundido en una profunda melancolía que crecía según la noche desaparecía.
Javier ni había bebido en exceso, ni había consumido drogas artificiales... Javier simplemente era consciente de que, por culpa mía, las cosas no volverían a ser iguales tras esa noche.
Yo sabía que era cierto, que probablemente a partir de hoy ya no sabría distinguir cuando una mirada era inocente o culpable, cuando un susurro era jocoso o tendencioso, cuando un abrazo era amistoso o traicionero.
Javier me miró y comprendió lo que estaba pensando, sonrió, se levantó, se acercó a la orilla y se zambulló en el agua.
Yo entendí que ese acto bautismal marcaba el comienzo de un nuevo periplo y le seguí.

sábado, 7 de abril de 2007

Asunción

Otro día más en Asunción
Sus labios coloreaban de carmín la pajita mientras aspiraba con fuerza el líquido lechoso que el camarero llamó horchata. El pelo negro, corto y rizado, rezumaba el calor inextinguido por la brisa que recorría el puerto.

La sombrilla frenaba el sol y evitaba que su piel sufriera aún más el desgaste de una vida laboral al aire libre. Llevaba unos pantalones blancos que cubrían sus piernas alámbricas hasta las pantorrillas. La blusa azul marino y la pequeña flor roja que llevaba en la solapa completaban su look francés, tan demandado entre los clientes y tan falso como su nombre artístico. El acento argentino (o paraguayo o uruguayo, no los sabía distinguir) del camarero indicó que quería cobrar y ella, sin inmutarse, le dio 100 guaraníes. Estaba inquieta, esperaba una llamada y el móvil no sonaba. Eran las 3 de la tarde y no había nadie por las calles. Su cliente no llegaba pero tampoco llamaba. La humedad aplastante la asustaba pero no tanto como que no llegara su cita. La noche caería a las seis y con ella, inocentes recién desvirgadas también pretenderían buscar el dinero entre los que no lo tienen, y sabía que no podía competir.

Dan las tres de la tarde en Asunción. El sol y la humedad se han conjurado una vez más para asustar a su cliente. Ella desespera y se va, y aunque espera otra llamada sabe que entre semana hay poco trabajo.

A las seis de la tarde los dulces y felices guaranís despiertan. Las primeras sonrisas inocentes se vuelven a oír, los rostros morenos y apacibles vuelven a vivir. Aquellos que sin saberlo pueblan lo que los europeos llaman miseria gozan. La ciudad despierta y ella camina junto al puerto. El murmullo de los sin techo la atosiga. Un carro menonita aparta junto a un restaurante lleno de hijos de nazis. El olor de la carne asada la llena de rabia. La noche tropical cae y ella, un a vez más, espera en una esquina buscando el dinero entre los que no lo tienen. Otro día más en Asunción.